El Mobile World Congress (MWC) de Barcelona, que en su actual edición congrega a más de 100.000 profesionales y a miles de empresas tecnológicas de más de 200 países y territorios, ha consolidado la soberanía digital como uno de los ejes estratégicos imprescindibles en la agenda europea. Históricamente, el foco de atención se ha situado en la producción de semiconductores y el desarrollo de inteligencia artificial, en medio de un escenario marcado por la férrea competencia entre Estados Unidos y China por el liderazgo tecnológico global. Sin embargo, voces del sector alertan de que esta visión es incompleta frente a las nuevas y sofisticadas amenazas digitales.
La ubicación del dato, clave para una autonomía real
Para los especialistas en arquitectura digital, el debate sobre la autonomía europea posee una dimensión menos mediática pero igualmente decisiva: la titularidad y la ubicación física de las infraestructuras donde operan los datos empresariales. El notable crecimiento del mercado en la nube en Europa y la concentración de la provisión de estos servicios en manos de grandes compañías tecnológicas no europeas han disparado la preocupación en torno a la dependencia estratégica del continente.
En este sentido, David Blanch, Director Digital de la firma tecnológica cdmon, señala que la digitalización masiva ha convertido a la infraestructura en el núcleo de la gestión del riesgo, advirtiendo de que muchas pymes continúan externalizando servicios críticos guiándose por costes o escalabilidad, sin evaluar el impacto normativo de dicha decisión. “Europa está acelerando inversiones en chips e inteligencia artificial, pero la capacidad real de decisión también depende de dónde se alojan los datos y bajo qué marco regulatorio funcionan esas infraestructuras”, afirma Blanch.
El directivo detalla cómo la gestión de estos recursos impacta a todos los niveles de una organización. “La jurisdicción aplicable, la trazabilidad del dato y la capacidad de respuesta ante incidentes forman parte del riesgo corporativo. Hablar de soberanía digital exige decisiones coherentes con ese objetivo. La infraestructura impacta directamente en la continuidad del negocio y en la competitividad europea, que depende de que los datos operen bajo marcos de supervisión y control alineados con la regulación comunitaria”, sostiene de manera categórica.
La IA como multiplicador del cibercrimen en 2025
Esta vulnerabilidad estructural cobra mayor relevancia ante la escalada sin precedentes de las amenazas cibernéticas. Según datos sectoriales publicados en informes internacionales de ciberseguridad, los ataques informáticos impulsados por herramientas de inteligencia artificial han superado los 28 millones a escala global en el año 2025. Esta cifra supone un abrupto incremento del 72% respecto al ejercicio anterior.
La penetración de esta tecnología con fines ilícitos es profunda: las estimaciones globales apuntan a que el 87% de las organizaciones en todo el mundo ya ha sufrido, al menos en una ocasión, un ciberataque que integraba sistemas de inteligencia artificial en su proceso de ejecución. Las técnicas abarcan desde campañas masivas de phishing hasta deepfakes y ataques automatizados de fuerza bruta.
Ante la magnitud de estas cifras, Blanch insiste en la necesidad de un replanteamiento de las medidas defensivas de las empresas. “La magnitud del incremento demuestra que debemos invertir de forma decidida en el refuerzo de nuestras infraestructuras digitales. Es imprescindible incorporar sistemas avanzados de detección, pero también mantener supervisión humana constante para garantizar la seguridad”, advierte el director digital.
Sofisticación de los fraudes y proyecciones hasta 2027
La tendencia actual viene precedida por un 2024 especialmente convulso. Durante ese año, los análisis de las firmas especializadas en seguridad digital registraron un aumento del 202% en las campañas de phishing y un incremento del 703% en los ataques orientados específicamente al robo de credenciales. La principal responsable de esta sofisticación ha sido la inteligencia artificial generativa.
“La inteligencia artificial permite generar millones de mensajes personalizados, voces sintéticas o imágenes creíbles en cuestión de minutos. Además, facilita su distribución masiva con una capacidad de alcance global prácticamente inmediata”, explica Blanch. El problema, recalcan desde el sector, no reside en la tecnología misma, sino en la facilidad que ofrece para automatizar procesos maliciosos que anteriormente exigían gran intervención manual y un gasto de tiempo considerable por parte de los ciberdelincuentes.
El horizonte a corto plazo no muestra signos de desaceleración. Las proyecciones recogidas en diversos estudios internacionales prevén un crecimiento continuado de los ciberataques automatizados con IA para el periodo comprendido entre 2023 y 2027, estimando una tasa media anual del 32%. A la par del volumen, se proyecta una fuerte escalada en el impacto económico vinculado al fraude digital automatizado, que podría pasar de los 12,3 millones de dólares registrados en 2023 a 40 millones de dólares en 2027 en determinados segmentos.
“La evolución tecnológica tiene un impacto dual”, reflexiona Blanch al respecto. “La inteligencia artificial aporta enormes ventajas para empresas y usuarios, pero también puede emplearse con fines ilícitos. El riesgo aumenta cuando estas capacidades se utilizan para escalar ataques de forma automatizada. Si no reforzamos los sistemas de protección, el impacto seguirá creciendo”, añade.
El reto de los agentes autónomos y el papel del proveedor local
A este complejo tablero se suma el auge de los agentes autónomos de inteligencia artificial, sistemas diseñados para analizar información, ejecutar tareas complejas y tomar decisiones con un elevado grado de independencia. Según datos publicados por GM Insights en 2024, el valor global de este sector y sus tecnologías asociadas alcanza ya los 6.800 millones de dólares.
El creciente peso de estas soluciones subraya la importancia de aplicar protocolos de seguridad estrictos. “Las tecnologías basadas en IA permiten optimizar procesos y mejorar la eficiencia operativa, pero deben implementarse bajo criterios rigurosos de control. Cuando la inteligencia artificial opera sin supervisión adecuada, pueden generarse vulnerabilidades que los atacantes explotan a gran escala”, concluye el directivo.








