Mitos y verdades sobre las psicoterapias II

De las personas que han pasado por mi consultorio, rescato dos frases que les escuche, y que hacen que una terapia comience o no. Que se sostenga en el tiempo o venga con fecha de caducidad. Una de esas expresiones es ”comenzar una terapia es una decisión difícil de afrontar”. La otra reza lo siguiente “la terapia es algo que uno se merece y se debe”.

De las dos, la que prefiero es la primera, pues lo que plantea es cierto. Esas personas, una vez que logran decidirse a acudir a mi consultorio, y se sumergen en una psicoterapia, logran avanzar hacia la mejoría.

El segundo caso. Las personas que enuncian esto no toman la psicoterapia como una disciplina curativa, sino como una espacio de reflexión. Estos individuos  deberían acudir a grupos filosóficos, no a una terapia psicológica. Son las que aconsejan, a quienes conocen, a que acudan a un terapeuta a la consulta, aunque se trate de un dolor de cabeza.

Téngase en cuenta que no me opongo a que una persona recomiende a otra ir a terapia. Lo que planteo es que no cualquiera puede recomendar, sino aquellas que ya han pasado por un proceso terapéutico real y saben de que se trata. Cuando digo “real” me refiero a sesiones en donde se abordan cuestiones trascendentales, cuya meta es la curación.

Cuando escucho que hay  personas que hace 20 años que están en terapia, me da vergüenza ajena. Esos profesionales arruinan la imagen de los psicoterapeutas y las psicoterapias. Alimentan los prejuicios sobre los que comente en el primer artículo.

Un trabajo real en psicoterapia comienza en principio focalizando el problema principal y luego los problemas secundarios.

La historia clínica que yo les entrego a mis consultantes, es una especie de hoja de ruta que me permite saber por dónde comenzar a explorar. Me gusta ver todo el trabajo terapéutico como el viaje que hace Dante y Virgilio en La Divina Comedia. Allí Virgilio (el consultante, según veo yo) es quien dirige el recorrido, y Dante (el terapeuta) lo sigue. Hay un cuadro de Delacroix, Dante y Virgilio en los infiernos, que ilustra parte de ese recorrido en la obra de Alighieri. Esta obra es, a mi entender. una metáfora de la terapia, pues en mayor o menor medida, todos tenemos nuestro propio infierno, y es aquello a lo que tememos enfrentarnos.

Una vez que logramos focalizarnos, sólo debemos tirar de la punta del ovillo, para que se despliegue el problema.

No concibo una terapia no directiva. Si bien es el consultante quien nos marca el camino dentro de su mente, somos nosotros los que debemos saber en que momento detenernos, y si es necesario volver hacia atrás, o enfocarnos sobre determinado evento y profundizarlo. Llegará el momento, en que el terapeuta, una vez acumulada la suficiente información, tome el control total de la sesión, marcando el recorrido de trabajo a seguir.

Hay un dicho que dice “no permitas que el árbol te tape el bosque“. Eso es lo que suele sucederle al consultante. Está tan aprisionado en sus problemas, que no logra ver el todo. Suelo decirles que a veces ellos están tan cerca del árbol que la visión es nula. Y que cuando se mueven, el árbol lo hace con ellos. Yo los invito a derribar el árbol, y en algunos casos, convertirse ellos en el árbol. Esto último, es una manera metafórica de invitarlos a enfrentarse con sus propios prejuicios y trabas, que son las que le impiden poder avanzar.

Esto es en pocas palabras el trabajo, desarrollo y dinámica de una sesión.

Por supuesto que así como lo describo parece algo sencillo, y en cierta manera lo es, solo que los psicoterapeutas debemos tener la paciencia de esperar, a que nuestro consultante comience a platicarnos sobre aquellos aspectos que le son problemáticos. No recuerdo haber tenido frente a mi nadie que le haya costado hablar, de hecho, la mayoría llegan a mi consulta con una gran necesidad de contarme lo que les pasa. Tal vez lo complejo sea leer entrelíneas el discurso de la persona.

Yo siempre digo que el terapeuta tiene que ser un poco un showman, pues si la persona que nos consulta llega conflictuada y angustiada, además nosotros la tratamos con gesto grave y serio, lo único que conseguimos es agravar el problema. En cambio, si tenemos una conducta más desestructurada, sin dejar de ser empático y en algunos casos contenedor, lograremos que el sujeto en consulta descargue esa mochila que lleva durante tanto tiempo.

Otra cuestión a tener en cuenta es que nosotros no somos jueces. No tenemos derecho de juzgar la conducta de nadie. Estamos para ayudar a que la persona entienda por qué actúa de tal o cual manera, y que si está en su interés cambiar, ayudarlo en eso.

Como ven, no hay nada misterioso en nuestro trabajo. Somos lo más parecido a un amigo, sin serlo. La diferencia reside en que nuestra relación es exclusivamente en la sesión. Que nuestra escucha esta libre de prejuicios, y es imparcial. Buscaremos siempre el bien del consultante, pero si escuchamos algo que debe ser revisado, no dejaremos de marcarlo para sugerir un análisis exhaustivo.

El próximo artículo lo voy a dedicar a dar ejemplos de situaciones que se me han dado en sesión, para que tengan una idea más concreta de que se trata el trabajo en la terapia. Como muchas veces los profesionales aprendemos de los consultantes, lo cual nos recuerda que debemos ser humildes por decisión propia, antes que quien está en consulta nos baje del pedestal. Si tienen alguna consulta o sugerencia el correo de contacto es horser1812@gmail.com

Lic. Horacio Serfilippo

 

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