Juan Santana | Creer en Dios, es creer en ti mismo

Iglesia que encuentro abierta, si tengo tiempo entro a verla y así llevo haciendo desde siempre. Creo en Dios y la palabra «Dios» existe, que no es lo mismo decir, la palabra de Dios, que la palabra Dios, aunque dicha palabra, arrastra millones y millones de palabras, tertulias e infinitas guerras verbales.

Los totalmente convencidos creyentes o no creyentes, siempre quedarán en tabla cómo en el ajedrez. Dios es una energía tal vez, pero no vamos hablar de sacerdotes, ni monjas, ni de hostias, nunca mejor dicho.

La figura que vemos en las Iglesias, especialmente la de quién «dicen», su nombre era Jesús, para mí es un símbolo, para otros es un paripé y otros muchos tendrán sus infinitas opiniones. En mi caso personal, pienso que es una prueba o un símbolo de cómo somos los seres humanos, en el sentido de qué entre más bueno seas sin malas ideas, más sufrirás.

Según las escrituras, Jesús predicaba diciendo Ama al prójimo como a ti mismo, pero eso dicho por un fumador por ejemplo, no concuerda, porque según la lógica, los fumadores no se quieren a sí mismo, sería una contradicción. Lo que está claro, es que al día de hoy, es imposible eliminar del planeta las imágenes de nadie, porque todos estamos registrados burocráticamente, pero la imagen de «quién dicen era Jesús, el Rey de los judíos», lleva muchos siglos en el mercado laboral. Igualmente le pasa al Che Guevara, unos dicen que era un hijo de la gran Bretaña y otros opinan que era bueno, pero hasta hoy miles de personas comen gracias al Che, vendiendo su imagen en camisetas, toallas, mecheros e incluso cigarrillos en Italia, con el nombre del Che.

Hace años entré en una Catedral de Londres y sólo tenía la figura de Judas en la entrada y todos los que entraban, lo adoraban y cuando pregunté por qué tanta adoración, respondieron, «Porque la mayoría de las personas en el planeta, son Judas».

Estimado lector, gracias por regalar un poco de tiempo leyendo, el tesoro más valioso del Ser humano, el tiempo pasa y jamás volverá.

Por: Juan Santana.