Carta al director | Mi deuda pendiente

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Daniel González Hernández.- Me gustaría contar la historia de un niño que nació en unas recónditas y olvidadas islas del África occidental, aunque parezca que lo que voy a contar es una ficción, realmente está basada en una historia real.

Bajo la vieja mirada de los roques de Jama, Igara y Bentor, Una mujer joven, estaba despedregando el suelo bajo un sol abrazador, cuando al mover una de las pesadas piedras sintió como un sudor frío corría por sus piernas, presintiendo lo que era, inmediatamente se escondió detrás de unas tabaibas y allí, en aquél paraje volcánico, entre aulagas, tabaibas y cardones, vio la luz por primera vez el protagonista de esta historia. Tan lejos vivían de la principal población que ni siquiera los autonombrados representantes de Dios en la tierra se dignaban a bajar a aquel inhóspito lugar a dar la extremaunción a los moribundos, y desde la lejanía, hacían con la mano una cruz en el aire y decían en voz alta “como guirres vivís como guirres morís, amén”.

Cinco años después de haber nacido ya estaba en condiciones de ayudar a la familia cuidando de los animales, buscando agua a la fuente y ayudando a su tía abuela a Lañar los gánigos rotos, entre otras labores. Mientras cuidaba las cabras le gustaba jugar con su amigo Salvador González al perro y las cabras, un juego de estrategia en forma de damero, con el que pasaba largos ratos jugando. Su reloj era la sombra de los Roques y el lucero, con el cual se levantaba muy temprano ayudando a su padre en su labor de canalero. Para poder comunicarse en la lejanía utilizaban el bucio con el cual le podía decir a su padre, que se podía encontrar a tres kilómetros de distancia, mensajes como; “Gregorio cierra el agua”.

En los ratos que estaba en la casa ayudaba a su madre con las personas que venían de toda la comarca a que las curaran. Su madre era curandera y sin pedir ni una perra chica a nadie, ayudaba a todo aquél que lo necesitara.

Su abuelo Don Federico Alayón al ver que en los bailes abusaban de su nieto, el cual era pequeño y apenas tenía carnes, le enseñó una defensa personal prehispánica de manos vacías que permanecía en secreto dentro del seno familiar y solo se enseñaba a unos poco que realmente la necesitaran.

Un viejo pajar compartía cumbrera con la casa de su abuelo, era de Don Lucio Rodríguez, un señor adinerado de San Miguel de Abona que conservaba una defensa personal de palo medio. Don Lucio tuvo la misma impresión que Don Federico y viendo que aquel muchacho que observaba todos los días era buena gente y trabajador, no dudó en enseñarle su defensa personal.

Ya de magayote empezó a trabajar de camellero y pronto aquellos camellos con las primeras carreteras, en las cuales también trabajó, darían paso a camiones, guaguas y todo tipo de vehículos. La transformación de su entorno cambió en pocos años, de ser un lugar poco transitado y olvidado por el mundo, a convertirse en una de las principales capitales del turismo del mundo. El lugar donde nació y se crió, desapareció de la noche a la mañana por el mal entendido progreso.

Con los años supo que su memoria y sus conocimientos eran una reliquia de un pasado no tan lejano y había que hacer lo imposible por enseñarla a las nuevas generaciones. En sus últimos 10 años de vida fue reconocido por el gobierno de Canarias por su labor de difusión y rescate de las tradiciones isleñas, también fue reconocido como hijo ilustre de la isla de Tenerife, premio Tenerife rural por el cabildo de Tenerife, primera medalla de oro, concedida por el ayuntamiento de Arona, por su labor de transmisión cultural, premio Gánigo del CIT del sur, etc,…. Como recuerdo y en reconocimiento a su memoria, el centro cívico de El Fraile, del pueblo donde residía, fue designado con su nombre.

Esta historia que he narrado es la del niño Eduardo Oramas Alayón el cual nos dejó el 7 de Enero de este año 2022 a sus 98 años. Fue despedido con todos los honores por el ayuntamiento de Arona. En señal de luto se mantuvo las banderas de la corporación a media asta y el coche fúnebre fue escoltado por miembros de la policía local, en su último trayecto, camino del cementerio de Montaña Fría, bajo la atenta y triste mirada de aquellos viejos roques de Jama, Igara y Bentor que lo vieron nacer y ahora lo acompañan en su descanso eterno, D.E.P. Don Eduardo.

Daniel González Hernández.

 

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