Antonio Pastor Abreu | El futuro está que arde (Parte II)

Decíamos en el artículo anterior “que a partir de una edad determinada, a la mayoría de la gente no le gusta cambiar. Estimados jóvenes y adultos, ante nosotros se abren nuevos horizontes, y tenemos todo un mundo por conquistar.”

Pero a partir de los cincuenta, no queremos cambios, y la mayoría de las personas han desistido de conquistar el mundo. Hemos invertido tanto en nuestras habilidades, nuestra carrera, nuestra identidad y nuestra visión del mundo que no queremos empezarlo todo, de nuevo. Cuanto más hemos trabajado para construir algo, más difícil es abandonarlo y hacer sitio a algo nuevo.

Y es en la juventud cuando debes entender que la clave está en la diversificación de acciones, actuaciones o iniciativas paralelas a tu objetivo o creación principal, o más importante, haciéndote  más flexible al cambio,  llegado los cincuenta. Por eso, cuanto más hemos trabajado para construir algo, más difícil es abandonarlo y hacer sitio a algo nuevo.

Quizás sigamos valorando nuevas experiencias y ajustes menores, pero la mayoría de las personas en la cincuentena no están preparadas para revisar las estructuras profundas de su identidad y su personalidad. Pero en el siglo XXI apenas podemos permitirnos la estabilidad.

Si intentamos aferrarnos a alguna identidad, trabajo o visión del mundo estables, nos arriesgamos a quedar rezagados, mientras el mundo pasa zumbando por nuestro lado. Y viendo la esperanza de vida, podríamos tener que permanecer al final muchas décadas como un fósil inútil. Como le ocurre a algunas asociaciones, de jubilados, que no deseo mencionar.

Siempre entendí que para seguir siendo relevantes (no solo desde el punto de vista económico, sino por encima de todo, desde el punto de vista social) necesitaremos la capacidad de aprender de manera constante, y de reinventarnos, sin duda, a una edad joven como los cincuenta años. A medida que lo raro se convierte en lo nuevo normal, nuestras experiencias pasadas, así como las experiencias pasadas de la humanidad entera, se convertirán en guías menos fiables.

Para sobrevivir y prosperar en semejante mundo (de máquinas superinteligentes, cuerpos modificados, algoritmos que puedan manipular nuestras emociones con asombrosa precisión, rápidos cataclismos climáticos causados por el hombre y la necesidad de cambiar de profesión cada década. Tendremos que desprendernos de manera repetida de algo de lo que mejor conocemos, y sentirnos cómodos con lo desconocido.

Por desgracia, enseñar a los chicos, a los alumnos, a aceptar lo desconocido y a mantener su equilibrio mental es muchísimo más difícil que enseñarles una ecuación de física o las causas de la Primera Guerra Mundial. Escribió el profesor de historia en la Universidad Hebrea de Jerusalén, Yuval Noah Harari.

Pero hasta ahora no hemos creado una alternativa viable; al menos, y sin duda, no una capaz de ajustarse y que pueda ser implementada en la España rural, tampoco en los lujosos barrios residenciales u hoteleros del sur de esta isla.

Queda claro que no debemos confiar demasiado en los adultos. La mayoría tienen buenas intenciones, pero no acaban de entender el mundo. Porque el siglo XXI va a ser diferente. Y debido a la velocidad creciente del cambio, nunca puedes estar seguro de si lo que te dicen, los adultos, es sabiduría intemporal o prejuicio anticuado. El ejemplo lo tenemos en los Institutos y Universidades españolas. Así pues, ¿En qué puedes confiar? ¿Quizá en la tecnología?

Por: Antonio Pastor Abreu – AIPET.