Juan Santana | Sorprendiendo a Kiko Rivero y a su gente

Cuando tenía diecisiete años en Gran Canaria, un amigo de mi padre y los tres nos llamamos Juan, y Juan Alvarado era entrenador del equipo de lucha canaria, El Estrella. Juan Alvarado siempre me trató como si fuera su hijo y aquel lunes por la mañana habló conmigo subiéndome la autoestima al cien por mil, convenciéndome de que sería un Campeón de Lucha Canaria, porque tenía el cuerpo perfecto.

En ese tiempo era un buen atleta, pero sus palabras hacen que mi cuerpo se hinchase cómo los gladiadores y decido ir ese lunes por la tarde al Terrero, al campo de lucha de Sardina del Sur. Cuando llegué, Juan Alvarado señalando a un luchador muy bajo de estatura, dijo, «Comienza a entrenar con él». Yo de enterado, imbécil e idiota le digo, «Prefiero luchar con alguien que tenga mi cuerpo y mi altura, porque es muy bajito». El muchacho bajito escuchó mis palabras y cuando comencé a luchar con éste chico, me metió tres hostias que hasta los huesos sonaron del retumbar en la arena. Aprendí que muchas veces, calladito estoy más bonito y jamás volví a luchar, además pedí disculpas al muchacho de baja estatura y aprendí también a ser un buen perdedor. Entre la pardelera, cogida de muslo y toque por fuera, quedé más frío que el yogurt de la nevera.

Cuando jugaba en campeonatos de Ajedrez más de lo mismo, porque el Jaque Mate me lo dio un catalán con cara de estar más pa’lla que pa’ca y jugué con demasiada confianza, cuando el ajedrez es un juego de pensar todo lo que el contrario puede o podría hacer. Esta carta es dedicada a Kiko Rivero de Tenerife, porque jamás pensé que fuera un luchador de Artes Marciales, con el nombre exacto que conlleve sus estilos, porque además son nombres muy raros y difíciles de pronunciar.

Muchas personas piensan que los luchadores de Artes Marciales o Boxeo por ejemplo tienen mala leche y hasta el momento todos los que voy conociendo son simpáticos, desde Andrés Colorado del gimnasio de El Palmar y sus compañeros, hasta Kiko Rivero el guarda espaldas de Fañabé y ahora toca reflexionar en el Arte de Vivir a través de él deporte en general y que esta carta haya sorprendido gratamente al amigo Kiko.

Estimado lector, gracias por regalar un poco de tiempo leyendo, el tesoro más valioso del Ser humano, el tiempo pasa y jamás volverá.

Por: Juan Santana.