Juan Santana | 32 años en Venezuela (Primera parte)

«Antonio nace en La Palma, en Sauces, pero tuvo que arrancar a Venezuela a ganarse el pan trabajando honradamente y duramente. Por aquel entonces pagó 97.000 pesetas el pasaje, 600 € y allá esperaban algunos familiares. Desde Villa de Cura, al Estado de Monagas, a Carabobo y otros muchos lugares.

«Pasé el tiempo trabajando la tierra, plantando arroz, papayas, caña de azúcar, pimientos y mucho más. Los campos dónde sembraban estaban alejados a más de quinientos kilómetros de los pueblos o provincias y para poder vender los productos, conducíamos toda la noche a veces hasta seiscientos kilómetros y llegábamos a veces a las cinco de la tarde». Pero cómo decía mi abuelo, «Bébete la leche rápido que la vaca se comió la hierba». Echa de menos la taza de leche de vaca calentita y dulcita.

«Las fincas siempre cerca de los ríos y es el agua con la que nos tomamos y nos duchamos usando una Totuma, parecido a la calabaza, la llenaba de agua y era fantástico, pero con la misma ropa durante cada cosecha». (Antonio ríe muy feliz). Que conste que las tierras eran trabajos muy duros de lo comido por lo servido. «En esos tiempos también comíamos las arepas con mantequilla y un huevo frito cuando las gallinas ponían y esas sí que eran las auténticas gallinas de los huevos de oro. Por las noches, dormíamos una media de cuatro horas, porque los zancudos (mosquitos), estaban picándonos toda la noche. Hay un millón de experiencias inolvidables, especialmente las de las culebras y los cascabeles que cómo te despistaras cuando caminabas, podían morderte y había que correr a curarte por sus venenos. Otro día te cuento más cosas. Volví a Canarias, cuando llegó Chávez, vendí lo que pude y salí por patas…».

Gracias Antonio por compartir un poco de tu vida, porque ayuda a reflexionar, especialmente a los que jamás olieron el estiércol. Recuerdo hacer cola igual que Antonio, para que me dieran una taza de leche vaca y hasta nos gustaba el olor a estiércol. Y los pijos que no sepan que es el estiércol, que pregunten.

Estimado lector, gracias por regalar un poco de tiempo leyendo, el tesoro más valioso del ser humano, el tiempo pasa y jamás volverá.