Oscar Izquierdo | Arreglar

El espectáculo, porque no tiene otro nombre, que continuamente está dando la clase política en este país, es vergonzoso, por no darle otro nombre más específico, pero fuera de toda urbanidad o educación, que no se merecen los lectores. Puro enfrentamiento, por todo y por cualquier motivo, aunque sea nimio. Bajeza de planteamientos o razonamientos justificativos de las distintas políticas públicas que, por supuesto no funcionan, al carecer de consistencia planificadora o estructuración metódica. Carencia evidente, en muchos casos, de preparación académica, profesional o técnica, para ocupar cargos que les quedan muy grandes, por las responsabilidades que se tienen que asumir y que rechazan por miedo a fallar, ya que no tienen los conocimientos necesarios para tomar decisiones contundentes, faltando seguridad personal, porque en demasiadas ocasiones, los puestos políticos no son ocupados por las personas con los perfiles adecuados, sino por cuotas de género, de partido o de isla. Esta tesitura lo que provoca es falta de gestión y de liderazgo político, que aumenta gravemente la ya de por sí obstruccionista e ineficiente administración pública, al no tener directrices claras, contundentes y justificadas en su quehacer cotidiano.

Si las órdenes son contradictorias, todo acaba por colapsarse. Además, si las cabezas pensantes, son incapaces de hacerlo, porque no llegan a más o mejor dicho, a menos, todo se convierte en una especie de ejercito de Pancho Villa, donde cada cual hace lo que quiere o puede y muchos incluso se aburren de no hacer nada. No existe ningún tipo de coordinación interadministrativa, que agilice los procedimientos, cada departamento o servicio público, más que autónomo es una especie de república independiente, donde hay un celo excesivo porque lo suyo sea lo más importante, imponiéndose desavenencias históricas o antipatías personales. Todo esto se refleja cuando para cualquier expediente, sobre todo en las licencias de obra mayor, hay que solicitar los distintos informes sectoriales. Entonces comienza un calvario para el empresario, que tarda meses o años en resolverse, porque la burocracia nunca tiene prisa y si encima no hay buenas relaciones interdepartamentales, la demora se acrecienta de manera insoportable, que siempre termina pagándolo, en un primer momento, el inversor y al final el ciudadano. Eso sí, se tarde más o se demore menos, el sueldo se cobra escrupulosamente a final de mes e incluso, algunas veces con incentivos, que se ponen por tradición, no por efectividad, convirtiéndose esta practica maliciosa, en un verdadero agravio para el resto del sistema productivo, que vive gracias a la productividad. El escritor estadounidense Frank Herbert, lo clarifica: “la burocracia destruye la iniciativa. Hay pocas cosas que los burócratas odien más que la innovación, especialmente la innovación que produce mejores resultados que las viejas rutinas”.

Esta problemática, que nadie quiere solucionar, es precisamente el problema estructural de Canarias y mientras no se asuma como una enfermedad crónica, a la que hay que poner remedios contundentes y rápidos, seguiremos sufriendo un estancamiento económico, un paro insoportable, una decadencia evidente y una crisis social alarmante.  No hay gallardía política, para afrontar de una vez, la modernización de la función pública canaria, que tiene que acomodarse a las exigencias de la sociedad de la digitalización que vivimos, donde, no es que todo sea rápido, sino que es instantáneo. Los engorrosos procedimientos de los expedientes administrativos tienen que agilizarse y los eternos tiempos de resolución hay que acelerarlos y eso significa cambiar muchas cosas, empezando por la formación continua del empleado público, para que pueda asumir los innovadores retos digitales, para aligerar cualquier procedimiento y lo que es más importante, la imprescindible medición de su productividad, porque si no se incluye la evaluación del rendimiento personal, todo lo demás no sirve para nada. Los problemas se solucionan en la raíz, no en la copa de los árboles.

Por: Oscar Izquierdo – Presidente de FEPECO.