Oscar Izquierdo | Hasta la coronilla de políticos mediocres

La ciudadanía está mayoritariamente enfadada, con un desafecto explícito contra la clase política de este país, en todos sus ámbitos territoriales. Nos ha tocado convivir en el tiempo, con unos políticos, salvando alguna que otra excepción, mediocres, ineficientes y torpes, que no saben, no pueden o no quieren ejercer su función con diligencia o eficacia. No resuelven nada y estropean todo, agrandan los problemas sin encontrar soluciones, creando malestar generalizado. La verdad es que se echa de menos a aquellos dirigentes de la primera etapa de la Transición española, que incluso llegaron a ser referentes a nivel global, por su capacidad de acuerdo, recordemos el famoso consenso y sobre todo, por dejar atrás aspiraciones personales, estrategias partidistas e incluso propuestas ideológicas. Esos años fueron ilusionantes, porque la política se hacía y se vivía como un servicio público, además de significar el reencuentro de diversas sensibilidades, en un objetivo común, que no era otro que la consolidación del sistema democrático en España. El presidente Adolfo Suarez lo explicitó cuando dijo: “en esta hora crucial debemos felicitarnos todos por haber sabido y querido dar respuesta a una necesidad básica de nuestro pueblo, la de construir una constitución con sentido integrador”.

Hoy todo es diferente, para peor. La política se ha convertido en una profesión donde acuden, no todos, pero si casi todos, a buscar un sueldo para sobrevivir, porque fuera de ella no se tiene nada, son los sueldólogos. Lo valioso no es tener la preparación adecuada para ejercer un cargo público, con conocimiento profesional. Lo que se premia es haber sido un buen y fiel burócrata de partido o un seguidor ciego y en algunos casos empalagoso del líder correspondiente. Se aprecia más las lealtades personales, que las posibles capacidades personales, académicas o técnicas para ejercer, con garantía de éxito, una gestión pública. De esta manera, se eternizan en el tiempo ocupando diversas tareas, sin vergüenza y con el mayor descaro. Dicen que la ignorancia es atrevida, pues donde más se aplica es a los políticos actuales. En los ayuntamientos, en los cabildos, en la autonomía, en la administración central, pululan, se transforman y se reproducen, sin dejar espacio a nuevas personas, con nuevas ideas. Taponan cualquier relevo generacional y así tenemos, elección tras elección, a los mismos. Están tan apegados al cargo o puesto ocupado, que algunos llevan desde que hicieron la primera comunión y llegarán a la jubilación, sin bajarse del machito, porque han vivido siempre del enchufismo y del amiguismo. Y a todas estas, la casa sin barrer, es decir, sin eficacia en la resolución de los asuntos a resolver.

El presidente Adolfo Suarez, siempre ejemplar, entregado y valiente, veía la gobernanza de la cosa pública desde una óptica humanista y servicial: “la vida política es una de las actividades más nobles a las que uno puede dedicarse. Implica muchísimos sacrificios, también muchísimas alegrías, muchísimas satisfacciones. Creo que hay que huir del amor propio y por lo menos, en reflexiones íntimas, tener la sensación de que has intentado hacer las cosas bien y con dignidad”. Cuanto tienen que aprender los actuales dirigentes, de hombres o mujeres de Estado de nuestra historia reciente, que dignificaron el quehacer público. Tendrían que empezar por ser honrados consigo mismos y reconocer sus carencias, para no aceptar responsabilidades que superan sus capacidades. Lo más urgente ahora es cambiar a los de siempre, por inútiles e incompetentes. Es el momento de dar entrada a una nueva hornada de políticos, con una cosmovisión de entrega desinteresada.

Por: Oscar Izquierdo – Politólogo.

 

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