La ciudad de Ludka

Por María de la Luz.

Lo que hace a Ludka diferente de las otras ciudades es que en vez de aire tiene humo de incienso.

La humareda de la gomorresina de olor aromático que se quema en todas las casas, como es la tradición, cubre completamente las calles, las habitaciones incluidos los servicios, patios y trasteros, están repletas de hermosos braserillos de todos los tamaños y colores, con cadenillas y tapa, que se heredan de generación en generación, y que se usan para quemar incienso y esparcirlo. Sobre las escaleras se posa una tenue neblina que desdibuja extrañas y sorprendentes figuras, que bailan al compás de las fumaradas que expulsan los incensarios. Encima de los tejados se produce una vaporización que da como resultado la aparición de pequeñas gotas de agua rojizas, que se dispersan con el viento.

 

Si los habitantes pueden andar por la ciudad, inhalando el perfumado y espeso humo de incienso, no lo sabemos; pero estamos seguros de que un vaho de sustancias balsámicas pulula por todos los rincones y rodea la ciudad.

A sus habitantes les conviene quedarse quietos y tendidos, cuando un golpe de olorosa y densa mezcla de vapores irrumpe a su paso. Los lugares están difuminados tras una cortina de humo, convirtiendo a la ciudad ante los ojos de cualquier extraño, en una gran mancha, fascinante y confusa.




Hay quien dice que los habitantes de Ludka al morir, sus cuerpos, se evaporan dejando tras de sí inexplicables y fragantes olores.

De noche, pegando el oído al suelo, se escucha un misterioso crepitar, de allí la creencia de que la ciudad se erige sobre ardientes brazas que subyacen en el subsuelo, y que éstas, desde las entrañas de la tierra sahúman la vida de aquella extraña y singular ciudad, signando el almizclado y humoso comportamiento de sus habitantes y permitiendo que su aroma, el de Ludka, se esparza por miles de kilómetros a la redonda.

 

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