Enajenada

Por María de la Luz

La ciudad estaba vacía, sólo se escuchaba el sonido de mis propios pasos a pesar de que iba descalza. El silencio que imperaba a mi alrededor era tan sobrecogedor que temía hacer ruido con mi caminar, así que cogiendo mi falda comencé a andar de puntillas y tan rápido como me lo permitía el poco valor que me acompañaba puesto que, aquella extraña situación en la que me encontraba inundó mis sentidos de miedo e inseguridad. Ahora lo podía comprobar, esa agónica melodía estaba dentro de mi cabeza, y en cada paso esa sucesión de lánguidos sonidos me distraían del imperante y aterrador vacío del que estaba compuesto aquel lugar. Aquella extraña situación vino a terminar de darle forma a la gran confusión en la que me encontraba desde hacía bastante tiempo, o al menos así lo creía yo, me refiero a lo de bastante tiempo, y entonces le encontré explicación a lo que me pasaba. Alcé mis manos y tapé mis oídos, y al oir únicamente esa melodía dentro de mí entendí que era la que no le daba paso al ruido del mundo que me rodeaba. Había vivido enajenada. Cuando desperté aquella mañana le di los buenos días a la enfermera convencida por fin de que la ciudad no estaba vacía.

 

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