El circo y las gotas de colores

Por María de la Luz.

Aquel recuerdo de las gotas de colores me había acompañado a lo largo de mi vida. Resulta que siendo yo una pequeñaja de siete años, llegó al pueblo lo que parecía ser un circo. Vivíamos en un pequeño poblado cerca de nada y retirado de todo, y como podrán imaginar, la llegada de aquel conjunto de artistas, malabaristas, payasos y objetos de exhibición, produjo una gran algarabía que interrumpió la monotonía de aquel pobre y olvidado pueblo.

Como mi abuelo era una especie de autoridad que hacía las veces de Alcalde, a falta de uno, púsose presto para dar el visto bueno o no, a aquella suerte de disparatado desfile circense que en un santiamén puso patas arriba nuestras apacibles vidas.

 

La estridente música que invadió la calle principal ya no dejó trabajar a las gentes del lugar que con timidez, se fueron acercando poco a poco a la parafernalia del circo. Los niños ya no quisieron ir a la única escuela del pueblo que suspendió las clases por falta de asistencia. Y yo, que no me despegaba de mi abuelo ni un instante, le pedía insistentemente que me llevara a ver la función de los payasos.

Lo último que colocaron los trabajadores del circo, con ayuda y colaboración muy eficaz de algunos hombres del pueblo, fue la carpa. Todos sin excepción asistimos a la primera función, el pueblo entero yacía bajo la carpa del circo acompañado de un rotundo silencio esperando a que comenzara el espectáculo.




Empezó la función que sacaba largas y sentidas exclamaciones de admiración del público y de repente comenzó a llover. Por los numerosos agujeros de la vieja y trajinada carpa del circo se colaron imperceptibles y transparentes gotas de agua, que al entrar en caída recta y atravesar las luces multicolores que iluminaban el escenario, adquirieron color. Los actores del circo tan sorprendidos como el público, no tuvieron mas remedio que dejar que las gotas de colores formaran parte de la exhibición. Yo aluciné con el colorido espectáculo. Al final, el sonido de los aplausos se confundió con el de la lluvia, y todos aunque empapados  deseábamos que en la próxima función volviera a llover.

Con la emoción en el pecho de mi primera vez en el circo, creí por mucho tiempo que todas las carpas de todos los circos tenían agujeros, y que así estaban hechas para cuando lloviera. Por mucho tiempo se habló en el pueblo del maravilloso espectáculo de las gotas de colores.

Se el primero en comentar en "El circo y las gotas de colores"

Deja tu comentario